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4 de agosto  del 2026

Ezequiel Trumper desde Miami

Gianni Infantino debe dejar la presidencia de la FIFA. No porque sea el único responsable de la transformación del fútbol en un enorme negocio global, ni porque quienes hoy lo critican puedan presentarse como guardianes desinteresados de la pureza deportiva. Debe irse porque, bajo su conducción, la comercialización dejó de ser un instrumento al servicio del fútbol y pasó a convertirse en la razón misma de su existencia.

La FIFA ya no organiza sus competencias pensando primero en los jugadores y en los aficionados. Piensa en patrocinadores, plataformas, derechos comerciales, mercados todavía no explotados y nuevas oportunidades de facturación. El espectáculo deportivo se acomoda después, como puede, a las necesidades del negocio.

Pautas de Facturación

El Mundial ofreció una demostración casi obscena. Las llamadas “pausas de hidratación”, presentadas cínicamente como una medida destinada a proteger a los futbolistas del calor, terminaron convertidas en ventanas perfectamente programadas para insertar publicidad. El cuidado de los jugadores sirvió como coartada para crear otra unidad comercializable dentro del partido. No eran solamente pautas de hidratación: eran, fundamentalmente, pautas de facturación publicitaria.

Precios Extorsivos

Lo mismo ocurre con el precio confiscatorio de las entradas. La FIFA habla del carácter universal del fútbol, pero acepta precios que expulsan de los estadios precisamente a quienes hicieron grande este deporte: las familias, los hinchas de toda la vida y los trabajadores que siguen a sus selecciones durante años. El Mundial corre el riesgo de dejar de ser una celebración popular para convertirse en un producto de lujo reservado a turistas adinerados, invitados corporativos y clientes de paquetes comerciales.

Infantino no sólo toleró ese proceso: lo impulsó y lo personificó.

A ello se suma su proximidad cada vez más incómoda con el poder político. El presidente de la FIFA debería mantener una independencia institucional estricta. En cambio, Infantino buscó la cercanía de los poderosos hasta quedar sometido a ellos. Confundió interlocución con obsecuencia y diplomacia con subordinación. La FIFA, que debería preservar cierta distancia frente a gobiernos, magnates e intereses geopolíticos, terminó ofreciendo la imagen de una organización dispuesta a inclinarse ante quien garantice negocios, acceso y protección.

Vender el Mundial

El punto culminante fue el proyecto de vender alrededor del 20% de los derechos comerciales de los Mundiales a inversores privados. No se trataba de conseguir un patrocinador o negociar un contrato televisivo. Se trataba de entregar a capitales privados una participación permanente en los ingresos futuros del principal patrimonio de la FIFA.

En otras palabras: vender hoy una parte del futuro de los Mundiales para obtener dinero inmediato.

La iniciativa debió ser retirada, pero el solo hecho de haberla concebido revela cómo piensa esta conducción. El Mundial ya no aparece como una competencia que la FIFA administra transitoriamente en nombre del fútbol internacional, sino como un activo financiero susceptible de ser fraccionado, empaquetado y colocado entre inversores.

Por eso Infantino debe irse. Porque atravesó una frontera. Porque dejó de administrar la comercialización del fútbol para intentar comercializar la institución misma.

Hipocresía

Pero conviene evitar la hipocresía. Quienes exigen su salida tampoco son santos.

El fútbol ya fue privatizado hace tiempo. Los clubes más poderosos de Inglaterra, Francia e Italia están en manos privadas: multimillonarios, fondos de inversión, conglomerados internacionales y, en algunos casos, Estados que utilizan a los clubes como instrumentos de influencia política y promoción nacional. Las decisiones deportivas se subordinan diariamente al rendimiento económico, a la valorización de los activos y a la expansión de las marcas.

Por eso la UEFA carece de autoridad moral para enrojecerse ante Infantino.

Las grandes instituciones del fútbol europeo también intentaron crear una Superliga cerrada o semicerrada que habría destruido el principio competitivo y debilitado, quizás definitivamente, a las ligas domésticas. Querían garantizarles a los clubes más ricos ingresos permanentes, independientemente de sus resultados deportivos. Sólo la reacción extraordinaria de los hinchas, particularmente en Inglaterra, logró frenar aquel atropello.

Tampoco puede olvidarse lo que la UEFA hizo con la Champions League. Amplió el torneo, multiplicó los partidos, complicó su formato y lo convirtió en una competencia inflada, diseñada para generar más jornadas televisivas y más ingresos. Al hacerlo, devaluó parte de su excepcionalidad deportiva.

Infantino siguió exactamente la misma lógica europea con el Mundial de 2026: más selecciones, más partidos, más sedes, más entradas, más transmisiones y más oportunidades comerciales. La ampliación a 48 equipos podrá brindarles una oportunidad legítima a países que antes quedaban afuera, pero es ingenuo creer que ésa fue la motivación principal. La razón central fue económica. Un Mundial más grande es, ante todo, un Mundial que factura más.

UEFA e Infantino son la misma cosa

La UEFA infló la Champions. Infantino infló el Mundial. Los grandes clubes quisieron privatizar la elite europea mediante la Superliga. Infantino pretendió vender una parte de los ingresos futuros de la máxima competencia internacional. Las diferencias existen, pero pertenecen a una misma concepción: el fútbol entendido no como patrimonio cultural y deportivo, sino como una plataforma inagotable de explotación comercial.

La salida de Infantino, por lo tanto, no resolvería por sí sola el problema. Otro dirigente podría ocupar su lugar y continuar exactamente el mismo camino. Su remoción sólo tendría sentido si abre una discusión más profunda sobre los límites del negocio, el precio de las entradas, el calendario, la salud de los futbolistas, la independencia frente al poder político y la participación real de los hinchas.

Infantino debe irse, pero no para que el fútbol vuelva a manos de una supuesta aristocracia europea moralmente superior. Esa aristocracia también mercantilizó el juego, intentó cerrar sus competencias y subordinó la tradición a sus balances.

Debe irse porque alguien tiene que responder por haber convertido la codicia en política institucional. Y porque el fútbol necesita dirigentes que comprendan una verdad elemental: generar ingresos es necesario; venderle el alma del deporte al mejor postor, no.  Infantino podrá irse, pero no hay demasiado margen para un cambio serio y profundo en el negocio del futbol.

EZEQUIEL TRUMPER PARA PUNTO LATINO SYDNEY DEPORTERS

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