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12 de julio del 2026

Ezequiel Trumper desde Miami

Cuando la FIFA anunció que el Mundial de 2026 tendría 48 selecciones en lugar de las tradicionales 32, las críticas fueron inmediatas. Se dijo que el torneo perdería calidad, que habría demasiados partidos desparejos, que los equipos más débiles serían simples invitados de piedra y que el espectáculo se diluiría.

Nada de eso ocurrió.

A falta de los últimos partidos, el Mundial de Estados Unidos, Canadá y México ha demostrado ser un éxito extraordinario, probablemente mucho mayor del que imaginaban incluso sus propios organizadores.

Lejos de producir goleadas sistemáticas, la ampliación del torneo permitió descubrir selecciones competitivas, bien organizadas y capaces de poner en aprietos a las grandes potencias. Muchos de los encuentros fueron abiertos, emocionantes e impredecibles, confirmando que la brecha entre el fútbol tradicional y el emergente continúa reduciéndose.

El nivel competitivo sorprendió incluso a los más escépticos.

Pero el éxito no se limitó al terreno de juego. Los estadios estuvieron prácticamente repletos durante todo el torneo. La atmósfera fue extraordinaria. Millones de aficionados provenientes de todos los rincones del planeta convirtieron cada sede en una auténtica fiesta del fútbol. Las ciudades respiraron Mundial durante semanas y el ambiente fue, en líneas generales, ejemplar.

Hubo otro aspecto que merece reflexión: el precio de las entradas.

La FIFA llevó la política de precios a niveles nunca antes vistos. En muchos casos, las entradas alcanzaron cifras difíciles de justificar para un evento deportivo. Se trató de valores que muchos calificaron como excesivos e incluso extorsivos. Sin embargo, el mercado habló con claridad. Los aficionados, impulsados por la pasión de vivir un Mundial posiblemente irrepetible en sus vidas, pagaron esos precios. La demanda fue tan fuerte que el organismo rector del fútbol comprobó que podía cobrar mucho más de lo que históricamente había imaginado.

Es una realidad incómoda. Muchos pagaron mucho más de lo que debieron pagar. Pero también es cierto que nadie fue obligado a hacerlo. La ley de la oferta y la demanda terminó imponiéndose.

Sin embargo, el Mundial también dejó una conclusión tan interesante como reveladora. A pesar de la enorme competitividad, de los partidos parejos y de las sorpresas que se produjeron a lo largo del torneo, las cuatro selecciones mejor preclasificadas terminaron llegando a las semifinales.

Es decir, el nuevo formato amplió las oportunidades, redujo las diferencias y permitió que muchas selecciones menores compitieran de igual a igual. Pero, cuando llegó la hora de la verdad, las grandes potencias volvieron a imponer su jerarquía. La calidad terminó prevaleciendo sobre la sorpresa. Argentina, Francia, España e Inglaterra fueron los semifinalistas.  Y eso no pasaba hace decadas.

Este Mundial deja varias enseñanzas. La primera es que la expansión a 48 equipos no debilitó la competición; por el contrario, la enriqueció. La segunda es que el fútbol sigue siendo el espectáculo deportivo más poderoso del planeta. La tercera es que la pasión de los aficionados parece no tener techo, ni siquiera frente a precios extraordinariamente elevados. Y la cuarta es que un torneo puede ser mucho más abierto y competitivo sin perder la lógica deportiva que, al final, suele colocar a los mejores en el lugar que les corresponde.

Los pronósticos fallaron.

El Mundial de 48 selecciones no solo funcionó. Superó ampliamente las expectativas y deja un precedente que probablemente marcará el futuro de la Copa del Mundo durante muchas décadas. Lamentablemente, creo que esto aumentara la codicia de la FIFA por aumentar el numero de equipos y al mismo tiempo seguir cobrando precios disparatados por las entradas.

Uno no sabe si esto es progreso o comprobacion que la gente ha perdido el juicio.  Eso es materia opinable, pero lo que no lo es que el Mundial de Infantino fue un exito incuestionable.

EZEQUIEL TRUMPER PARA PUNTO LATINO SYDNEY DEPORTERS

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