Por Ezequiel Trumper desde el NU Stadium en Miami
La victoria de Inter Miami CF por 6-4 sobre Philadelphia Union será recordada por el espectáculo ofensivo, los diez goles y la lluvia torrencial que acompañó la noche en el sur de Florida. Pero detrás del marcador exuberante se esconden dos realidades imposibles de ignorar: la alarmante fragilidad defensiva del equipo de Miami y la preocupación que dejó la inesperada salida de Lionel Messi a pocos días del inicio de la Copa del Mundo.
Un resultado de 6-4 suele celebrarse desde la óptica del espectáculo. Sin embargo, para cualquier entrenador serio también constituye una señal de alarma. Marcar seis goles es excelente. Recibir cuatro en casa no lo es.
Durante largos pasajes del encuentro, ambos equipos parecieron haber olvidado los principios básicos de la defensa moderna. Hubo espacios excesivos entre líneas, retrocesos lentos, marcas permisivas y una preocupante falta de coordinación en las coberturas. El partido se transformó por momentos en un intercambio de golpes donde cada ataque parecía terminar frente al arco rival.
Para Inter Miami, el problema no es nuevo. El equipo continúa mostrando enormes recursos ofensivos gracias a la calidad de sus figuras, pero sigue evidenciando dificultades cuando debe defender colectivamente. Los laterales quedan expuestos con frecuencia, los mediocampistas tardan en cerrar espacios y los centrales suelen verse obligados a resolver situaciones de inferioridad numérica.
Lo más inquietante fue la sensación de que varios de los goles encajados pudieron evitarse con una dosis mínima de rigor táctico. En el fútbol de élite, especialmente cuando se acercan instancias decisivas, conceder tantas facilidades suele terminar costando caro.
Es cierto que las condiciones climáticas fueron complicadas y que la lluvia convirtió el campo en una superficie pesada. Pero ese argumento sirve para ambos equipos. La realidad es que ni Inter Miami ni Philadelphia exhibieron una estructura defensiva acorde con el nivel que exige una competición profesional.
Y cuando parecía que el análisis quedaría centrado exclusivamente en los errores defensivos, apareció el tema que monopoliza todas las conversaciones: Messi.
En el minuto 73, el argentino pidió el cambio tras llevarse la mano al muslo izquierdo. No es habitual verlo solicitar una sustitución. Mucho menos cuando se trata del último partido antes de incorporarse a la selección argentina para disputar el Mundial. El capitán abandonó el campo por sus propios medios, pero se dirigió directamente al vestuario, generando una inmediata preocupación tanto en Miami como en Argentina.
El entrenador Guillermo Hoyos intentó transmitir tranquilidad y atribuyó la salida al cansancio acumulado y a las duras condiciones del terreno de juego. Sin embargo, hasta que existan estudios médicos concretos, resulta imposible descartar completamente una lesión muscular.
La inquietud es lógica. Messi no suele abandonar partidos de manera preventiva. Tampoco acostumbra a pedir cambios. Cuando lo hace, el mundo del fútbol presta atención.
A tres semanas del debut mundialista de Argentina, cualquier molestia física adquiere una dimensión extraordinaria. Más aún tratándose de un futbolista de 38 años (y que cumplirá 39 el mes próximo durante el mundial mismo) que ha acumulado una enorme carga de minutos durante la temporada y que sigue siendo (según muchos ya que esto último es discutible también porque la Argentina tuvo actuaciones descollantes sin Messi como ganarle a Brasil 4-1 en las recientes eliminatorias mundialistas) el eje futbolístico y emocional de la selección campeona del mundo.
La buena noticia es que no hubo imágenes de una lesión traumática ni de una salida dramática. La mala noticia es que los problemas musculares rara vez ofrecen certezas inmediatas. Habrá que esperar. Además, Messi mismo debe meditar si jugar en la MLS es medida para evaluar si está para jugar al máximo nivel competitivo mundialista.
Mientras tanto, Inter Miami puede celebrar los tres puntos y el festival ofensivo. Pero también debería aprovechar el largo receso para reflexionar seriamente sobre su funcionamiento defensivo. Porque en el fútbol grande los campeonatos suelen ganarse con goles, pero casi siempre se terminan definiendo con orden, disciplina y capacidad para defender.
Y anoche, en medio de diez goles y una lluvia interminable, eso fue precisamente lo que faltó.
EZEQUIEL TRUMPER para PUNTO LATINO SYDNEY DEPORTES