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1 de abril del 2026

Por Ezequiel Trumper

El Mundial de fútbol fue durante décadas una obra maestra del deporte.

Un torneo simple, elegante y brutalmente competitivo: 32 selecciones, 64 partidos y un campeón. Cada encuentro tenía valor. Cada punto pesaba. Cada error podía ser fatal.

Era el torneo perfecto.

Hasta que Gianni Infantino decidió meterle mano.

El presidente de la FIFA ha llevado al Mundial a un experimento desmesurado: 48 equipos y 104 partidos. Nunca en la historia hubo más de 64 partidos en una Copa del Mundo. Ahora habrá cuarenta más.

Un torneo inflado hasta el absurdo.

La primera fase será el ejemplo perfecto del despropósito: 72 partidos para eliminar apenas 16 equipos. Una interminable sucesión de partidos que en muchos casos no decidirán nada importante. Grupos inflados, calendario saturado y la inevitable pérdida de intensidad que hizo del Mundial el torneo más dramático del planeta.

El fútbol, como todo gran espectáculo, necesita tensión y escasez.

Infantino ha elegido lo contrario: saturación.

Pero el problema no es solo deportivo.

Es político.

La expansión a 48 equipos no responde a una lógica futbolística sino a una lógica de poder. Cuantas más selecciones participan en el Mundial, más federaciones se sienten incluidas. Y cada federación incluida es un voto.

Un voto en el Congreso de la FIFA, el órgano que decide quién gobierna el fútbol mundial.

Infantino no está ampliando el Mundial para mejorar el deporte.
Lo está ampliando para consolidar su poder.

El Mundial, en consecuencia, deja de ser solo una competición para convertirse en una herramienta electoral.

Un mecanismo de clientelismo institucional a escala global.

Pero hay otro aspecto que revela con claridad hacia dónde se dirige el fútbol bajo su conducción: el precio de las entradas.

Asistir a un Mundial se está convirtiendo cada vez más en un lujo reservado para pocos. Los precios oficiales y las reventas alcanzan cifras exorbitantes, completamente fuera del alcance del aficionado común que históricamente fue el alma del torneo. El Mundial corre el riesgo de transformarse en un espectáculo diseñado para corporaciones, turistas VIP y paquetes de hospitalidad, mientras el hincha auténtico queda desplazado.

La Copa del Mundo nació como una celebración global del fútbol.

Hoy amenaza con convertirse en un producto premium.

Los defensores de la reforma hablan de inclusión y expansión del fútbol.

Pero el fútbol ya era universal. No necesitaba esta hipertrofia.

Lo que está ocurriendo es algo distinto: la degradación del torneo más prestigioso del deporte para satisfacer intereses políticos y comerciales.

El Mundial no necesitaba ser más grande.

Necesitaba seguir siendo mejor.

Infantino ha confundido tamaño con grandeza. Y en ese error está transformando el campeonato más noble del fútbol en un espectáculo inflado que corre el riesgo de perder aquello que lo hacía único.

Cuando la historia del fútbol juzgue esta etapa, el veredicto probablemente será implacable.

Porque nunca antes un presidente de la FIFA había alterado de forma tan profunda la esencia deportiva del Mundial.

El resultado está a la vista.

Un torneo sobredimensionado.
Un calendario absurdo.
Entradas prohibitivas.
Y un fútbol cada vez más subordinado a la política interna de la FIFA.

Si el Mundial era la joya del fútbol, Infantino está empeñado en convertirlo en un mamarracho monumental.

EZEQUIEL TRUMPER para PUNTO LATINO SYDNEY DEPORTES

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